Creciendo Como Inmigrante Indocumentada: Mi Viaje del Miedo a la Defensa

Nací en Perú a principios de los años 80 y fui traída a los Estados Unidos cuando tenía solo dos años. No conozco otra vida fuera de este país. EE.UU. es mi hogar—aquí crecí, aquí construí mi vida y aquí nacieron mis hijos. Como tantos otros que llegaron aquí siendo niños, mis raíces están profundamente plantadas en esta tierra.

Crecer indocumentada significó navegar un mundo lleno de barreras invisibles. No vivía conscientemente con miedo constante—simplemente era parte de la vida. No era algo en lo que pensara activamente, pero entendía las limitaciones que mi estatus migratorio me imponía. Desde pequeña, tenía una idea de que mis padres, familiares o amigos podían ser detenidos y deportados en cualquier momento. Sabía que la vida podía cambiar en un instante. Aun así, disfruté de buenos momentos en mi infancia, reí y viví con alegría cuando era posible.

Recuerdo jugar en el patio de la escuela, gritando “¡Viene la migra!” como parte de nuestra versión del juego de atrapados—un reflejo de la aterradora realidad de muchas de nuestras familias. El miedo a la deportación estaba tejido en nuestra vida cotidiana, pero no nos deteníamos a pensarlo demasiado. Nos adaptábamos. Aprendimos a existir en un espacio intermedio.

No fue hasta que crecí que comprendí realmente el peso de mi estatus. Mientras mis compañeros de clase hacían planes para la universidad, tuve que aceptar que no podría seguir el mismo camino. Las tarifas de matrícula para estudiantes no residentes hacían que fuera imposible, y la ayuda financiera no era una opción. La realidad de mis limitaciones me golpeó con fuerza, pero, como tantos inmigrantes, encontré la manera de seguir adelante.

Hoy, como terapeuta, conferencista y entrenadora, ayudo a las personas a navegar sus procesos de sanación. Una de las mayores bendiciones de mi trabajo es poder apoyar a otros inmigrantes en su proceso migratorio. Entiendo el miedo, la incertidumbre y la carga emocional que conlleva. Pero también conozco la resiliencia, la fortaleza y la esperanza que nos impulsan a seguir adelante.

Más allá de la terapia, educo a agencias y miembros de la comunidad sobre el trauma y el abuso sexual. Ayudo a los profesionales a comprender el impacto del trauma relacionado con la inmigración y cómo pueden brindar un mejor apoyo a los sobrevivientes en sus comunidades.

Mi viaje—de ser una niña indocumentada que vivía con miedo a convertirme en una profesional de la salud mental y defensora—ha cerrado el círculo. Ahora uso mi voz para elevar a otros, luchar por el cambio y recordarles a mis compañeros inmigrantes: No estamos solos. Pertenecemos. Merecemos sanar y prosperar.

Si eres un inmigrante que lleva el peso de su historia, recuerda que la sanación es posible. Y no tienes que hacerlo solo. 💛